Recuerdo el día que llegaste, tan pequeñita y tan linda…
me saltaba el corazón de alegría y emoción, mi hija me daba una nieta
y no para hacerme más vieja sino para darme la felicidad de que la
extensión de mi raíz será más grande, como los arboles que tienen sus raíces
bien profundas en la tierra dando vida.
Quería decirte mil cosas, mil consejos… bahh, cosas de abuela, algunos dirán: “cosas de vieja” pero no!
En ese día no me hubieras entendido porque todavía tu lenguaje era el de
los ángeles en la tierra.
Eras tan pequeña, tan frágil…
Sin embargo pensé como podrías saber lo que pensé y lo que sentí en
aquel momento, y por eso lo escribí en estas líneas que verás cuando aprendas a
leer:
La pureza de tu alma, debe darnos la fortaleza de
enseñarte la senda que Dios trazó para ti y poder hacer de tu vida una obra
casi perfecta como el más audaz escultor. Amasar uno a uno los ingredientes en
tú ser y en ese conjunto, desplegar el abanico de colores que formaran uno a
uno los momentos de tu vida con pinceladas de bondad, humildad, sabiduría,
esperanza, amor, perseverancia y paciencia en los momentos más difíciles,
sonrisas, mucha alegría por vivir y ser feliz, amoldando así tu vida para gozo
de Dios.
Para tus padres la
alegría de haber cumplido con la voluntad que Dios dejó en sus manos y para ti
la satisfacción de haber formado tu mejor obra que será el espejo en el cual se
reflejen tus hijos y nietos por venir.
Con mi amor mas profundo, desde el fondo de mi corazón y con mucha
emoción, escribo esta carta, viendo como creces día a día y quizás en un futuro
tú también dirás cosas de abuela y no por eso cosas de vieja.

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