jueves, 25 de febrero de 2016

5 Maneras de enseñar a premiar el error entre tus alumnos
Sí, has leído bien. Se puede y se debe premiar del error. Hay que enseñar a premiar el error. ¿Por qué? Muy sencillo. Premiando el error consigues que tus alumnos ganen en confianza, refuercen su autoestima y mejoren su auto concepto. La escuela desde siempre ha castigado el error, lo ha penalizado. Y ese ha sido uno de sus mayores errores. Y te diré por qué. Pues porque un alumno que nunca se equivoca nunca aprenderá nada nuevo. En este artículo tengo la intención de enseñarte 5 formas de premiar el error entre tus alumnos para fortalecer su autoestima. ¿Me acompañas?
1. Premiar las intervenciones, no las respuestas. Intenta dejar muy claro desde el principio que el error forma parte del aprendizaje. Del error se puede aprender, del error te puedes reír, no de los compañeros, sino conlos compañeros Por eso, tienes que premiar la acción y la participación y dar un valor secundario a las respuestas que te den tus alumnos. Si premias las intervenciones, entonces harás que tu clase sea más participativa, más plural, que todos los alumnos tomen el riesgo de equivocarse. Todos, sin excepciones.
2. Modificar la percepción en pruebas y exámenes. Refuerza los aciertos. En pruebas y exámenes puedes incidir en los aciertos o reforzar los errores. Fíjate en la diferencia que existe entre estas frases:
·         Castiga el error: Tienes siete errores. 
·         Castiga el error: Sólo has acertado tres de las diez preguntas de la prueba.
·         Premia el error: Has conseguido tres aciertos. Si te esfuerzas un poco más seguro que conseguirás aumentar el número de respuestas acertadas.
3. Insistir en que el error es el inicio de la respuesta correcta. Es muy frecuente preguntar oralmente a los alumnos. En el caso de que se equivoquen a la hora de responder, aprovecha este error para centrarte en la respuesta que ha dado, no en la pregunta que tú querías que diera. Fíjate en este posible diálogo entre docente y alumno:
·         Docente: ¿A qué categoría gramatical pertenece la palabra ‘hermoso’?
·         Alumno: Es un sustantivo.
·         Docente: ¿Cómo termina la palabra?
·         Alumno: En -oso.
·         Docente: Busca una palabra que acompañe a hombre y que acabe en -oso.
·         Alumno: Hombre furioso.
·         Docente: ¿Cómo definirías furioso?
·         Alumno: Es una cualidad.
·         Docente: ¿Y a qué categoría pertenecen las cualidades?
·         Alumno: A la categoría del adjetivo.
·         Docente: ¿Puedes poner la palabra ‘hermoso’ a continuación de la palabra hombre?
·         Alumno: Si, hombre hermoso.
·         Docente: Por tanto, hermoso es una cualidad.
·         Alumno: Sí, así es.
·         Docente: Entonces, ¿a qué categoría pertenece la palabra hermoso?
·         Alumno: No es un sustantivo, es un adjetivo.
·         Docente: Felicidades. La respuesta es correcta.
4. Matizar los errores y acentuar los aciertos. Hemos quedado en que no hay respuestas erróneas. Simplemente, que hay respuestas que necesitan más preguntas para que se acierten. En este sentido es fundamental la primera respuesta que des cuando un alumno te responda de forma errónea. Por el contrario, debes acentuar, debes reforzar al máximo cuando se acierte.
5. Compartir el error. Siempre he pensado que el error es la viva imagen de la soledad. Cuanto te equivocas te quedas completamente solo con tu error. Nadie quiere acompañarte. Hay que cambiar esa percepción tanto como sea posible. ¿Cómo? Enseñando a tus alumnos a pedir ayuda a sus otros compañeros e intentado que sean ellos quienes lo elijan, no tú. ¿Qué conseguirás con ellos? Algo fundamental. Compartir el error, compartir la primera frustración que se siente al no tener la respuesta que quieres. ¿Cómo hacerlo? Aquí te dejo un ejemplo:
·         Docente: ¿Cuál es la capital de Francia?
·         Juan: No lo sé.
·         Docente: ¿Qué compañero te gustaría que te ayudara a responder a la pregunta?
·         Juan: Andrés.
·         Docente: Andrés, ¿sabes cuál es la capital de Francia?
·         Andrés: Creo que es París.
·         Docente: Juan, ¿tú qué crees?
·         Juan: ¡Sí, es París! Ahora me acuerdo.
·         Docente: Felicidades a los dos. Ambos habéis acertado la pregunta.
La escuela de hoy aborrece el error, penaliza el error, castiga el error, cuando el error es una extraordinaria oportunidad de educar a tus alumnos. Por eso, no eduques a tus alumnos para que nunca se equivoquen. Educa a tus alumnos para que cuando se equivoquen, cuando cometan un error, sean conscientes del aprendizaje que eso implica y del valor que tiene para su autoestima, para su inteligencia emocional.

Los peores errores de la vida son los que no cometemos
ARIANNA ISABELLA VILLAO PERALTA
Recuerdo el día que llegaste, tan pequeñita y tan linda…
me saltaba el corazón de alegría y emoción, mi hija me daba una nieta
y no para hacerme más vieja sino para darme la felicidad de que la extensión de mi raíz será más grande, como los arboles que tienen sus raíces bien profundas en la tierra dando vida.
Quería decirte mil cosas, mil consejos… bahh, cosas de abuela, algunos dirán: “cosas de vieja” pero no!
En ese día no me hubieras entendido porque todavía tu lenguaje era el de los ángeles en la tierra.
Eras tan pequeña, tan frágil…
Sin embargo pensé como podrías saber lo que pensé y lo que sentí en aquel momento, y por eso lo escribí en estas líneas que verás cuando aprendas a leer:
La pureza de tu alma, debe darnos la fortaleza de enseñarte la senda que Dios trazó para ti y poder hacer de tu vida una obra casi perfecta como el más audaz escultor. Amasar uno a uno los ingredientes en tú ser y en ese conjunto, desplegar el abanico de colores que formaran uno a uno los momentos de tu vida con pinceladas de bondad, humildad, sabiduría, esperanza, amor, perseverancia y paciencia en los momentos más difíciles, sonrisas, mucha alegría por vivir y ser feliz, amoldando así tu vida para gozo de Dios.
Para tus padres la alegría de haber cumplido con la voluntad que Dios dejó en sus manos y para ti la satisfacción de haber formado tu mejor obra que será el espejo en el cual se reflejen tus hijos y nietos por venir.
Con mi amor mas profundo, desde el fondo de mi corazón y con mucha emoción, escribo esta carta, viendo como creces día a día y quizás en un futuro tú también dirás cosas de abuela y no por eso cosas de vieja.

Te amo

Soy perfectamente imperfecta

Así es mi cuerpo, no es de portada, de revista, pero tiene la capacidad de abrazar a las personas que amo, de disfrutar un delicioso pastel mientras hablo horas con mis amigas, de saborear una rica pizza, comer es una de las cosas que más disfruto. Tal vez tenga “grasita” donde debería tener músculo y al comerme esos tacos le esté regalando a mis piernas la textura de un famoso cítrico mencionado en todas las revistas de belleza… Parece que es un invasor, por que todos dan recetas para “combatirlo” cosa que dejó de ser prioridad para mí.
En un tiempo estuve tan preocupada por las calorías, el sodio, carbohidratos, azúcares, la dieta de luna, de la piña y todas las que prometen milagros en una semana, haciendo ejercicio extremo para reducir medidas y bajar de peso sólo por sentir que podía “entrar” en unos jeans de una famosa tienda, que parece que vende ropa para los que comen una vez al día y pura lechuga.
Creí que de verdad tenía un problema grave de obesidad, pues ni en sueños iba a comprar un pantalón talla 2 y lo que para ellos ya eran tallas grandes, para mí era la talla ideal para una mujer normal, una mujer sana y con curvas; entendí que en realidad sí tenía un problema, estaba dañando mi cuerpo y no me daba cuenta, no hacía ejercicio para mantener mi cuerpo sano o por placer, no comía sano, más bien iba retirando poco a poco alimentos de mi dieta, estaba de mal humor y cansada, con dolor de cabeza y literal moría de hambre. Empecé a sobrevivir y dejé de vivir y de disfrutar la vida.

¡No más! trato de vivir al máximo disfruto cada momento con mi familia con mis amigos, hago lo que me hace feliz, eso no significa que “tiré la toalla” y me descuidé ¡claro que no! uso bikini y ¡sí!… Tengo las temidas huellas en mi abdomen por haber dado vida, claro que quisiera no tenerlas, pero eso no me hace ni más fea ni menos atractiva, sólo me hace real y humana.
Uso la ropa que me haga sentir bien y me guste sin importar la talla ni la marca, afortunadamente tengo algo que no venden en los centros comerciales se llama seguridad y amor a mí misma puedo salir con la cara lavada sin que eso me traume y tirarme en la cama a ver películas y comer chatarra sin sentirme culpable, trato de balancear mi alimentación porque quiero estar sana y ver crecer a mis hijas; pero eso no quiere decir que tengo que renunciar a lo que me gusta.
No tengo el cuerpo de modelo, ni la piel perfecta, menos un cabello de comercial, pero soy feliz con mi cuerpo perfectamente imperfecto.

En esa etapa gris y dolorosa de mi vida no encontraba un lado positivo, tenía tantas preguntas en mi mente ¿qué te llevo a hacerlo?, ¿por qué a mí?, ¿en qué fallé?, ¿habías dejado de amarme? todo recaía en mí y tontamente compré la idea que la culpable era yo, que tal vez me había descuidado o que ya no era atractiva, que no te gustaba más, pero tenía que aparentar que no me dolía que todo estaba bien.
Una mañana mientras los niños estaban en el colegio, me dio un ataque de llanto como cuando era niña y me sentía desprotegida, lloré hasta calmarme, estaba cansada de tu desamor, de tu indiferencia, de lo cínico que podías ser, de tu traición y de tu ausencia… Me quedé sobre mis rodillas y con la mayor humildad y desprendiéndome de mi orgullo herido grité “¡ya no puedo más!” En ese momento sentí que había soltado algo muy pesado, entendí todo, tenía que liberarme de mi ego, de mi orgullo para avanzar; Dejé de sentir enojo, ese coraje contenido que me cegaba y me amargaba los días, pude ver claramente mi dos opciones, dejar que me derrumbara o hacerme más fuerte, decidí la segunda…
Lo primero fue aceptar que el problema eras tú, tenías tanto vacío que creíste que varias mujeres lo llenarían, no me estabas engañando a mí, te engañabas a ti mismo, no tenías voluntad ni respeto por un amor que decías sentir y me demostraste que fue tan poco que un instinto carnal te hizo olvidarlo y simplemente te derrumbaste ante mis ojos…
Por un momento sentí pena por ti, gracias por enseñarme tanto, aprendí a ver por mí y tener claro lo que quiero y lo que me merezco, porque entendí que cuando amas a una persona buscas su bienestar, la proteges, la procuras y tu último deseo es lastimarla; que el amor no es egoísta al contrario es incondicional.
Ahora sentirme bonita no depende de ti ni de nadie más, sólo de mí y es el reflejo de lo que soy por dentro, me acepto y sé lo mucho que valgo, no me descuidé ni dejé de ser atractiva al contrario ahora me doy cuenta que el único que no lo notaba eras tú.
Me enseñaste a ser tolerante y responsable de mis sentimientos, ahora sé que sólo me pueden dañar si yo lo permito; quiero decirte que no te guardo rencor y siempre desearé lo mejor para ti.

No tengo nada que perdonarte, porque sé que es imposible dar lo que no tienes.